[Este texto fue publicado en el blog Última Llamada de ElDiario.es el pasado 31.10.2016]
Tuvieron que ser, y siguen siendo, algunos ingenieros y altos cargos de las grandes empresas energéticas, muchos de ellos antiguos directores de exploración quienes, sólo al jubilarse, se han sentido éticamente llamados a dar a conocer lo que la industria energética oculta celosamente con toda la potencia de su maquinaria: peak oil ya claramente superado por lo menos en términos de crudo estándar y también de energía neta; presiones sobre la metodología y las conclusiones de los sucesivos informes de la Agencia Internacional de la Energía; ocultación de conceptos esenciales para la comprensión cabal de la situación energética mundial; penetración de economistas (sólo neoclásicos) en el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) con su tendencia estructural a aguar el presente y descontar el futuro … por no hablar del poderoso negacionismo climático, activamente organizado y fuertemente financiado.
Estos exprofesionales jubilados han mostrado ya con suficiente contundencia el detalle de cómo, por razones termodinámicas y geológicas esenciales, es necesario destinar una fracción creciente de energía (y por tanto de capital) para la obtención de los recursos necesarios para propulsar el inmenso Titanic económico en el que viajamos, y que ellos saben –mejor que nadie– de ninguna manera insumergible.
Llevan haciéndolo desde los años noventa, cuando introdujeron nuevos conceptos, y muy especialmente la Tasa de Retorno Energética (TRE, o EROEI por sus siglas en inglés: Energy Return on Energy Investment, cantidad de energía que se obtiene por cada unidad de energía que se emplea en obtenerla). En definitiva, la primera ley de la termodinámica. Cierto es que, en sus líneas generales y como tantas otras cosas (gravedad del cambio climático, huella ecológica máxima, influencia de la termodinámica en el sistema económico, etc.), estos problemas se conocen desde los años sesenta del siglo XX. Pero, a pesar de su importancia decisiva para el sostenimiento de la vida, no se puso en ello –no pusimos– la necesaria atención.
Al introducir y cuantificar la TRE (exponencialmente) menguante del conjunto de los sistemas energéticos estos profesionales daban así crédito, y reivindicaban indirectamente, las predicciones de un informe que en su momento fue denostado y vapuleado. Lo fue hasta el punto de que, hoy en día, personas realmente competentes –pero de racionalidad lateral acotada– siguen creyendo que aquello fue una payasada contracultural de los años sesenta perpetrada por ingenieros del Massachusetts Institute of Technology, y que sus conclusiones eran totalmente erróneas –tal es el poder del negacionismo, económico en este caso–. Este estudio de 1972 se denominó Los límites del crecimiento (LLDC).
Pues bien, ocurre precisamente todo lo contrario. Sus predicciones se están cumpliendo con precisión muy razonable, y desde luego a los grandes rasgos en que fueron presentadas en su día.




