Estamos tan empapados de sudor que se oye un grosero sonido
de ventosa cuando nuestros cuerpos se separan. Me acerco a la mesita de noche y
me enfrasco en la tarea de abrir un paquete de cigarrillos con dedos húmedos y
temblorosos. Ella empieza a decirme algo. Siempre se vuelve muy habladora
después del sexo, debe ser porque no fuma.
-Cariño... ¿Has visto mis calzoncillos? Es lo primero que me
dice al levantarse por las mañanas- dice imitando la voz de su marido, y se
echa a reír.
Siento una punzada de culpabilidad. Conozco a su marido
desde hace años. Una cosa es que me tire a su mujer, pero me parece cruel
imaginármelo ahí plantado en medio de esta habitación en camisa y calcetines y con el rabo al aire,
sintiéndose ridículo rodeado de medias, sostenes, camisetas, corbatas... y sin
encontrar sus calzoncillos.
-Lo más curioso -prosigue ella-, es que cada dos por tres
(desde que volvimos de viaje, más o menos) pierde sus calzoncillos y luego, o
no aparecen, o me los encuentro en los sitios más extraños. Empiezo a sospechar
de Antonia.
-¿Antonia?
-La chica de la limpieza -hace un gesto como agitando un
plumero en el aire-. Quizás es una fetichista que le sisa los calzoncillos a mi
marido -y ríe de nuevo.
Me inclino hacia la mesita para apagar el cigarrillo en el
cenicero que tiene forma de trébol y la leyenda “Greetings from Eire”.
-¿Y si el verdadero culpable no es Antonia? -le digo-. A lo
mejor os trajisteis de Irlanda un Leprechaun escondido entre vuestro equipaje.
-¿Un Lepr… qué? -parpadea interrogativa.
-Los Leprechaun son duendecillos que viven en las casas. No
son malvados pero sí traviesos y les encanta gastar pequeñas bromas. Como robar
objetos o cambiarlos de sitio, por ejemplo.
Bruscamente nos interrumpe el chirriante sonido de las
ruedas de un coche sobre la gravilla.
-¡Joder! -ella se incorpora de repente -¡Es él! ¡Esa mierda
de reloj debe haberse parado!
Miro hacia el reloj de pared. Marca la una y cinco pero el
minutero está inmóvil. Como si la cama estuviera sembrada de agujas ardientes
salto hacia la mesita donde ella ha depositado antes mi reloj de pulsera (“No
me gustan los hombres que lo hacen con el reloj puesto”, me dijo mientras me lo
quitaba) y la esfera parece dedicarme una malévola sonrisa con las agujas
señalando las dos menos diez.
Empezamos a vestirnos a la velocidad del rayo. Ella está
razonablemente decente con un vestido de verano que se ha puesto por la cabeza
y ahora corretea despeinada y descalza recogiendo evidencias: preservativos,
kleenex, colillas...
Se dispone a arrojarlo todo en una bolsa de plástico, pero
se detiene para contemplarme con una expresión mezcla de espanto y reproche.
Estoy plantado en el centro de la habitación en mangas de
camisa y calcetines, con expresión ausente.
-Mis calzoncillos... no los encuentro.
El rumor metálico de una llave que gira. Un ¡hola, cariño!
jovial y unos pasos que se dirigen hacia el dormitorio.
Pero, maldita sea, lo que termina por dejarme helado es una
carcajada sardónica y cascada, como de alguien que tuviera doscientos años y
que juraría que proviene del interior del armario.
FIN
Irlanda... me trae recuerdos de cuando pasé por allí el 2011 por el BloomsDay, el día dedicado a Joyce (16 de junio) En un pub tomé el desayuno tradicional, empanada de riñones y cerveza negra, mientras hacía el apunte de esta pareja dublinesa:
GEORGE W. BUSH SE SALVÓ POR POCO DE LOS CANÍBALES
Una de las biografías publicadas sobre el recientemente fallecido ex-presidente me ha revelado algo escalofriante. Durante la Segunda Guerra Mundial fue el único superviviente de un escuadrón que cayó en manos de un general japonés canibal.
2 de Septiembre, 1944. El joven George Bush pilotaba un bombardero lanzado sobre la isla de Chichi Jima (Venga, ya pueden hacer chistes) para preparar la invasión de la estratégica isla de Iwo Jima.
Durante la misión el bombardero fue alcanzado y sus tripulantes saltaron al mar en paracaídas. Bush fue rescatado por un submarino que patrullaba la zona pero los otros nueve aviadores no tuvieron tanta suerte. Fueron capturados por lanchas japonesas y los llevaron a la isla de Chichi Jima, gobernada por el caníbal general Tachibana.
Los nueve prisioneros fueron decapitados con katanas, al día siguiente Tachibana ordenó al cirujano de la isla extraer los hígados de los americanos para ofrecérselos a los demás oficiales guisados en aceite de soja, sake y verduras. Formaron parte de un ritual Bushido canibal de adoctrinamiento guerrero.
En esta foto aparece el general Tachibana firmando la rendición de la isla. En 1946 fue juzgado por crímenes de guerra y ahorcado. Se le denegó su petición de morir honrosamente haciéndose el hara-kiri.
EL ÚLTIMO KOTOWAZA
El buey USHI, el alma de las fiestas, siempre con su cuenco de sake.























