La escritora mataronense Care Santos ha ganado esta noche la 73 edición del premio Nadal con su novela "Media vida". Xavier Theros gana el Josep Pla por su novela "La fada negra"
El ensayo, la biografía, el paisajismo cultural o histórico cada vez busca nuevas vías expresivas, convirtiendo el yo que ensaya o pinta tal paisaje en parte fundamental del libro, de tal modo que la simpatía e identificación del lector se refuerce con el contenido de alguien que se muestra próximo. Es el caso de estas «Huellas» (traducción de Guillem Usandizaga) que, divididas en cuatro secciones que relacionan un viaje personal con el insigne antecedente que lo inspiró, son un tránsito detallado de los caminos que tomaron diversos escritores por Europa y las motivaciones y decisiones que los acompañaron.
Para empezar, en «1964. Viajes», Holmes se propone hacer el viaje que en su día realizara Robert Louis Stevenson, en 1878, a los veintisiete años, con la compañía de una burra por Francia: «Junto a ella pretendía cruzar una de las regiones más elevadas y agrestes de Francia», cuenta el Holmes aventurero que quiso imitar al autor de «La isla del tesoro» con la máxima exactitud para entender mejor qué le llevó a semejante excursión: «Stevenson pretendía ir solo y ser autosuficiente y cargó la burra con un enorme saco de dormir diseñado por él mismo». Así, el biógrafo, en aquel tiempo también un joven soñador que aún buscaba su propio camino profesional, haría de ese viaje paralelo una forma de llegar al alma de su biografiado, entendiendo que la experiencia de Stevenson fue en cierto modo, a tenor de su maltrecha salud, no solamente una prueba física, el reto de poder sobrevivir solo, sino también un episodio metafísico: «Stevenson hacía una peregrinación a los recovecos de su propio corazón. Se preguntaba qué tipo de hombre debía ser, qué patrón de vida debía seguir».
Éste es sin duda el elemento más interesante de «Huellas», la determinación de Holmes por ahondar en lo que despertó el ansia de soledad, introspección o curiosidad viajera del autor admirado. Y realmente consigue que sintamos el deseo, la duda, el temor incluso a lo que el destino deparó, en este caso, al Stevenson que intenta desligarse de la influencia de sus padres, le abordan grandes dudas religiosas y no sabe si decantarse por una existencia creativa y solitaria o comprometerse con alguien. Y ahí vienen unas de las páginas más relevantes y novedosas de las páginas dedicadas al narrador escocés: la vida de la que iba a ser su mujer, Fanny, a la que había conocido en Francia y con la que se reuniría en Estados Unidos para compartir el resto de sus días.
- Etapa de revoluciones
Esta etapa de Stevenson por las Cevenas francesas será una especie de rito de iniciación, en palabras de Holmes. Y algo similar ocurre en «1968. Revoluciones», cuando el autor presencia los disturbios de aquel año en París, lo que le evoca «la primera revolución francesa tal como la vieron los románticos ingleses unos ciento ochenta años antes». De nuevo solapando los tiempos, aquel espíritu es el de los años sesenta del siglo XX por ser otra «explosión de idealismo», aderezado por música, sexo y estados alucinógenos, que se basaba «en un rechazo profundamente romántico de la sociedad convencional, el viejo orden». Holmes, de hecho, va más allá en su comparación: «Muchos de los eslóganes y conceptos de los 60, incluida la misma idea de «revolución» como acto aparatoso de autoafirmación, se inspiraron o reafirmaron» en esos autores clásicos de la primera modernidad. De ahí que surjan el Coleridge y el Southey proclives a las comunas, el Blake visionario y rebelde, el Shelley del amor libre y la resistencia pasiva o el De Quincey aficionado a las drogas.
Destaca entre todo ello el singular sendero vital de Wordsworth, que recorrió Francia a pie, tuvo un hijo con su profesora de francés y se hizo muy amigo de un simpatizante de la causa revolucionaria. El dilema que acució entonces al autor de «El preludio», quedarse en Francia o huir a Inglaterra, hace que Holmes se sienta identificado con los problemas de su propia generación. Más adelante, en «1972. Exilios», contará otra extraordinaria andadura, la de la feminista Mary Wollstonecraft, que en 1792 es una mujer increíble: con treinta y tres años vive de su pluma, es soltera e independiente, ha publicado cuatro libros y va sola a París, donde se quedará por espacio de dos años y será feliz con su pareja. Holmes ve en ella el ejemplo de cómo interiorizar la revolución en su propia biografía, lanzando vasos comunicantes entre la escritura, el momento social que se vive y la mirada interior de cada artista. Por ello, el rastreo «in situ» es imprescindible. Sigue así las huellas de Shelley en Italia, ampliando su investigación viajando al Distrito de los Lagos, Gales, Escocia, Irlanda, Francia, Suiza. En un momento realmente curioso para él: «Marco mi debut como biógrafo profesional el día en que el banco me devolvió un talón porque sin darme cuenta lo había fechado en 1772». Hasta tal punto llegó su obsesión por el poeta de Sussex que le dedicaría una biografía de ochocientas páginas. Y un ánimo igualmente obsesivo le conducirá a averiguar la fuente de la leyenda que se atribuye a Nerval, quien llevaba una langosta atada a una cuerda por las calles de París. En busca de las huellas de su extraño suicidio, Holmes se mete en todo «un laberinto de fantasía y memoria en el que el biógrafo puede quedar atrapado». Lo cual puede ser una perfecta definición del género de la biografía, que este autor londinense borda como pocos en la actualidad.
Sobre el autor
Richard Holmes (1945) es autor de biografías sobre Coleridge y Shelley, y se ha especializado en estudiar del Romanticismo. Es miembro de la British Academy y ha trabajado como profesor de Estudios Biográficos en la universidad de East Anglia.
Ideal para...
los que disfruten con un libro biográfico que se aleja de los enfoques consabidos para adoptar un tono autobiográfico, en el que la vida del biografiado y del autor se funden en un mismo viaje.
Un defecto
Integrar a Nerval en un libro en el que, sobre todo, se abordan las vidas de clásicos decimonónicos ingleses puede chirriar un tanto. Y tal vez algunos lectores vean demasiado protagonismo del propio autor en cada capítulo.
Una virtud
La vida del propio Holmes surge continuamente a lo largo de la novela, pero no por exhibicionismo, sino porque intentó repetir las andanzas viajeras de los autores a los que biografía en sus capítulos, rastreando sus pasos al milímetro en algunas ocasiones.
No resulta muy frecuente que un crítico y teórico de la literatura se adentre en el campo de la ficción creativa, ejemplificando con esta dedicación los postulados estéticos que le resultan afines. El caso tan conocido de Umberto Eco y sus novelas «El nombre de la rosa» o «El péndulo deFoucault», donde se muestra el eficaz sentido comunicativo y liberador de la cultura europea, puede ser excepcional, pero no único. Contamos ahora con la mejor obra narrativa de George Steiner (París, 1929) en un volumen titulado «En lo profundo del mar», que ofrece un muestrario de sus extensos relatos, en los que este prestigioso intelectual aborda sus más característicos temas: la idea de una perdida Europa exquisitamente civilizada e ilustrada, la necesidad de recordar –y en algún estratégicocaso, también olvidar– el pasado histórico, los atributos filosóficos del lenguaje y la idiosincrasia ideográfica de los idiomas, el demoledor protagonismo de las utopías totalitarias, la amenazada ética del humanismo estético, el ocaso de los respetados ascendentes culturales; o, curiosamente, la decisiva importancia de la música: «La música es la única realidad perceptible para el hombre que gobierna el tiempo» (pág. 109).
- Historias con alma
Es evidente que Steiner no es un narrador puro, y su prosa va encaminada a corroborar mediante la ficción la validez de sus criterios culturales y sociológicos. Pero esto no impide una escritura de elaborada factura formal, logrados recursos estilísticos y una encomiable amenidad que atrapa al lector desde las primeras líneas de cualquiera de estas historias. En la que da título al volumen, un hombre vive obsesionado, en el ambiente de la marina, con su muerte en el mar, y los celos amorosos le jugarán una malapasada; «El traslado de A.H. a San Cristóbal» plantea la ucrónica realidad de que Hitler no muriera en su búnker berlinés, resultando capturado por un comando israelí que convivirá con su prisionero, mostrando así la cotidianidad del mal y su inherencia a la condición humana; en «No vuelvas» hallamos el regreso de un oficial alemán al pueblo francés al que reprimió durante la ocupación, desatando trágicamente viejos fantasmas del pasado; con «Elpastel» nos conmovemos ante las rocambolescas penalidades de la resistencia antinazi; y dentro de este mismo periodo histórico, «Dulce Marte» desarrolla una culturalista peripecia de trasfondo sentimental, enigmático planteamiento y sorprendente resolución; o «Noël, Noël», una inquietante fábula navideña.
Tras estas narraciones está el ensayista, crítico literario y teórico de la cultura que perfila en prosa su mejor radiografía intelectual: escritor de formación multilingüe, defensor de la tolerancia convivencial, adscrito a la metodología racionalista, agudo comentaristade los textos bíblicos y judaicos, profundo admirador de la cultura clásica grecolatina, y entregado partidario de una visión humanista y liberal de la vida. Con estos relatos, de certeros diálogos, lograda ambientación de una atormentada Europa, un pausado e intrigante ritmo argumental y un discurso teórico, hallamos la fascinación por la palabra, el lenguaje y su silente expresión artística: «Cuando hizo la palabra, Dios también hizo posible su contrario. El silencio no es lo contrario de la palabra, sino su guardián». (pág. 55) Todo un hallazgo este Steiner narrador.
El gran mérito de esta «Lección de alemán» es que fue la primera narración que se atrevió a abordar el sentimiento de culpa de la sociedad alemana –que arrastra hasta hoy– por los desmanes del nazismo, y profundizase en el papel que juega el arte en una dictadura. No en vano, su valor pedagógico le ha llevado a ser lectura recomendada en los institutos de bachillerato germanos. Hasta su publicación en 1968, nadie había osado expresar ese sentimiento de «pecado compartido» de todo un pueblo. La acción se desgrana entre una «narración interna» y una «narración marco». En 1954, Siggi Jepsen se encuentra internado, a sus 20 años, en un reformatorio para jóvenes descarriados, y no está en condiciones de escribir sobre el tema que le han ordenado: «Las alegrías del deber». Ante la multitud de recuerdos que revolotean por su cabeza, no sabe por dónde arrancar y deja el cuaderno en blanco por lo que se le decreta un castigo de aislamiento hasta que concluya la tarea. Es así como comienza la narración interna, gracias a la cual asistimos a la cascada de recuerdos que invaden al joven. Una vez que se ha abierto la caja de Pandora, Siggi no podrá parar hasta haberlo contado todo. Nos conducirá hasta 1943, cuando contaba nueve años y acompañó a su padre, policía, a visitar a un amigo de juventud, el pintor Max Ludwig Nansen, a quien debía notificar la prohibición nazi de continuar pintando.
Durante los meses siguientes el policía se convertirá en un vigilante implacable incluso intentará usar de chivato a su hijo. Siggi, en cambio, irá sintiendo simpatía por el artista que desoye la prohibición e irá distanciándose, cada vez más, de una familia anquilosada en rígidos principios. Atrapado entre dos formas de concebir el mundo, la sensibilidad del muchacho tratará de encontrar su forma de cumplir el deber, una doble vida que acabará por quebrarle. Una metáfora que explica a la perfección la sensación íntima de una juventud que se rebelaba contra la generación de la guerra y ansiaba saldar cuentas con las mentiras en que habían vivido padres y abuelos. No se adentra en el Holocausto, ni siquiera se menciona la palabra «judío», es simple y llanamente una hermosa obra de arte. Una lectura deslumbrante.
Una permanente sensibilidad infantil y una visión crítica de la sociedad harían de Mark Twain un autor muy popular desde que debutara con el libro de cuentos «La famosa rana saltarina de condado de Calaveras», en 1867. Con los años, su celebrado sentido del humor se convertiría en sarcasmo a medida que Estados Unidos, con su idealizada ideología democrática, la ampliación de su territorio a modo de imperio expansionista, el genocidio aborigen y la esclavitud, se volviera a sus ojos un lugar decepcionante. Su mirada mordaz, en todo caso, ya estaba sembrada en su escritura cuando, radicado en San Francisco, el periódico para el que trabajaba le envió a cubrir, ese mismo año, un viaje que no podía ser más llamativo.
Durante meses se estaba hablando de una «Gran excursión de placer a Europa y Tierra Santa», lo que Twain llama «un picnic de proporciones gigantescas». Se trataba de viajar en un barco de vapor a lugares emblemáticos, partiendo de Nueva York, en el que iba a ser uno de los primeros grandes tours organizados. El resultado para Twain sería esta «Guía para viajeros inocentes» (traducción de Susana Carral Martínez), todo un festín maravilloso de humor, peripecia entretenidísima e información rigurosa al mismo tiempo.
Como toda autoridad, como toda institución, la escuela se encuentra también inmersa en un momento de profunda crisis. Los estudiantes no aprenden, los profesores no enseñan y los padres ven declinar su lugar en una sociedad que exige cada vez más un éxito inmediato y un rendimiento eficiente y en la cual la escuela, según parece, ha dejado de considerarse decisiva como antes sí lo era en la formación de los individuos. Ésa es la tesis que esboza Massimo Recalcati en «La hora de clase», donde el psicoanalista italiano analiza la función de aquélla (y la relación que tiene con el saber y el conocimiento) y el lugar que ocupa hoy una institución que, lejos de otras épocas en las que la educación estaba unida a la autoridad, la represión y la ideología, ha perdido, no obstante, el prestigio simbólico de antaño.
«El problema de la escuela de hoy no es su rostro feroz que la hace asemejarse a una cárcel», señala el autor, quien sostiene que la educación, en un sentido amplio, «nunca debe ser confundida con la represión o el refinamiento disciplinario», sino que, por el contrario, «exige nuevas e inéditas aperturas».
Tan lúcido y crítico como lo fuera en sus otros libros, en éste Recalcati también se vale de las aportaciones de Freud y Lacan para analizar, en este caso, la profunda crisis del sistema educativo y trazar una genealogía de la escuela a partir de tres complejos: el de Edipo, el de Narciso y el de Telémaco, que hacen referencia, a su vez, a tres grandes figuras de la mitología.
Así, desde una Escuela-Edipo, en la que prevalecería la autoridad del docente, y pasando por una Escuela-Narciso, asimilada a la eficiencia empresarial, Recalcati aboga por la tercera vía, que sería una Escuela-Telémaco, una escuela que «quiere restituir su valor a la diferencia generacional y a la función del docente como una figura central en el proceso de humanización de la vida». Una función, concluye el experto italiano, «que consiste en abrir al sujeto a la cultura, en hacer posible el encuentro con la dimensión erótica del conocimiento y, por encima de todo, aprender a abrirse a la apertura del deseo y, a través de esa apertura, abrirse a otros mundos respecto a los ya conocidos».
Anton Invierno, el protagonista, recuerda en las primeras páginas de esta novela cuando entraba en la despensa de la abuela y observaba los frascos en que ella guardaba los fetos que había abortado: «Los ojos de los fetos eran negros, o les brillaban tras los párpados cerrados como si no estuvieran muertos, sino sólo soñando». Y así, con un lenguaje poético, pero a la vez cruel y preciso, donde plantas, objetos, sueños, esquinas que se disuelven en lo imaginado crean mundos paralelos a la realidad, la novelista austriaca Valerie Fritsch construye el universo onírico de este «Jardín de Invierno», premio Peter Rosegger 2015. Un mundo mágico que divide a la novela en dos equinoccios: en el primero vemos la vida de un grupo de personas en una comuna alejada de la ciudad, donde cada planta tiene su nombre y donde los arces esconden en su interior violines que su padre descubría tallando la madera. El lenguaje tiene aquí un carácter edénico, dando nombre a cada cosa existente, y precisará el narrador: «Había árnica y polipodio, menta piperita y hierba de San Juan que los niños desmenuzaban entre los dedos».
En el segundo equinoccio en que dividimos a la novela de Valerie Fritsch vemos que Anton vive en lo alto de un edificio de una ciudad asolada por la guerras. Anton se dedica a criar aves exóticas, que aletean en jaulas en la terraza de su casa. Y en uno de sus paseos encuentra a una mujer, Frederike, que deambula abandonada y que se va a vivir con Anton. Dos cuerpos perdidos en medio de un mundo destruido que comparten sus soledades. Pero las ciudades arden, los pájaros exóticos son abandonados, y hay que regresar a aquella comuna que un día se abandonó. Escribe Valerie Fritsch: «Asi fue verdad para Anton que el hogar ha de ser la salida y final de todo viaje».
En el mito griego, Dédalo, el constructor del laberinto de Creta, fue encerrado en la isla con su hijo Ícaro. Su única opción era escapar por el aire, así que empezó a trabajar para unir con cera unas plumas a unas alas con las que huir. Lo lograron, pero Ícaro trató de volar demasiado alto y el sol derritió el invento. Ícaro desapareció en el mar por soberbia, pagando el destino de su padre. En la historia de «Pistol» Pete Maravich (1947-1988), uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia, hay una condena familiar también.
Lo llevaba en la sangre serbia. Cuando el baloncesto empezaba a ser un deporte, Press Maravich, el padre de la futura superestrella, se enamoró del sonido de las zapatillas sobre el parquet, sólo que se jugaba en iglesias. Habría sido profesional, pero pasó los mejores años de deportista –mascando tabaco en los descansos de los partidos– como piloto en la Segunda Guerra Mundial. Al terminar, se estableció en Carolina del Norte (y si saben de baloncesto, ya saben de qué lugar estamos hablando) y entrenaba a tiempo parcial. Maravich senior recutaba a sus jugadores en las acerías y aplicaba una disciplina marcial, aunque devolvía amor a todos los jugadores que se dejasen la piel. Tuvo dos hijos con Helen, pero su devoción por el pequeño Pete era total. Medía 1,70 y pesaba 40 kilos. Las gomas de los calcetines nunca eran lo suficientemente estrechas para sujetarse en sus canillas y todos le quedaban holgados. Como tampoco tenía fuerza para llegar a canasta lanzando, sacaba la pelota desde la cadera, como un pistolero. Había nacido «Pistol».
El palacio de las vacas
Pistol botaba el balón con los ojos vendados, pedaleando sobre la bicicleta, esperando en el cine. Horas de práctica solitaria y ritualista, como un karateca contra enemigos imaginarios, le dotarán de una destreza nunca vista. Pistol podía meter 200 tiros sin fallo y hacerlo desde ocho metros en un tiempo en que el lanzamiento triple no existía. Llegó a la universidad de milagro. Ingresó en la de Louisiana, uno de los centros negros del país, en un lugar sin tradición por este deporte. Disputaban los partidos en un pabellón que olía a boñiga, llamado el Palacio de las Vacas, donde sólo se podía jugar entre la feria del caballo de otoño y la temporada del rodeo en primavera. Pronto empieza la «petemanía», salvo en sus compañeros, que sufren moratones porque no ven llegar sus pases. Anotaciones estratosféricas y trucos de fantasía nunca vistos. Pistol maneja el balón como nadie ha visto antes. De repente, el pabellón comienza a llenarse. «En medio del olor al excremento equino, emergía el perfume de la posibilidad», escribe Kriegel, su biógrafo. Los chicos van al campus con los calcetines holgados y caídos, las chicas le avasallan, los aficionados rivales le animan a él. Vendía entradas en lugares como Alabama y las canastas y las redes empiezan a agotarse en las tiendas. Su estilo de juego mágico y eléctrico le aúpa a las portadas de la revista «Time», «Newsweek» y «Life». Él, mientras tanto, bebía demasiada cerveza, batía todas las marcas de anotación y nunca sacaba las notas mínimas. Se convirtió en el arquetipo de «hipster», de «blanco negro», el Elvis de la canasta. Nixon le mandó un telegrama: jugaría en la NBA.
Sin embargo, según Kriegel, «Maravich bebía por su padre: las expectativas de Press eran un yugo muy pesado alrededor de su fino cuello. Bebía por su madre, con quien compartía la carga del desasosiego. Bebía porque daba igual cuántos puntos anotara, nunca eran suficientes. No está claro cuánto bebía, pero sí cómo: igual que jugaba al baloncesto, como en una competición». Era un flacucho que vendía entradas y garantizaba contratos de televisión, los primeros en muchas partes del país. La gran esperanza blanca en un deporte de negros, todavía marginal, y que termina por caer en una franquicia sureña: Atlanta Hawks, un equipo que en los 60 rechazó a un jugador negro. Ahora, a comienzo de los 70, son un equipo negro obligados a aceptar a la sensación blanca, el mejor pagado de la historia. Sí, un jugador patrocinado por una laca de pelo que fija su peinado a lo «beatle», un chaval que conduce un descapotable blanco. Y sus comienzos en la liga resultan un desastre. Todos los rivales, claro, le golpean cuando saca una jugada de fantasía. Se lesiona, enferma, se deprime igual que la carrera de entrenador de Press. «Había sido el instrumento de la voluntad de su padre tanto tiempo, que ya no quedaba nada de él», escribe Kriegel. «No había distinción, ni real ni metafórica, entre los males que aquejaban a uno y a otro». A su padre le ofrecen un puesto en una ridícula universidad de los Apalaches que solo tiene 8 abonados. Dibuja tácticas hasta el amanecer y, como la televisión pierde la señal, lee la Biblia. Los nervios de Pete también se quiebran y admite en una entrevista que cree en los ovnis. «Les he escrito un mensaje en el tejado de mi casa: ‘‘Llevadme con vosotros’’», revela. Su traspaso a Nueva Orleans promete un nuevo comienzo, pero algo terrible sucede. Su madre, Helen, se suicida con una calibre 22, cansada de ocupar un lugar ínfimo comparado con el baloncesto. Esa temporada, Pistol consigue anotaciones mayúsculas, espectáculos inolvidables. Van lanzados a los playoffs... y se destroza la rodilla. «Si hablamos de talento puro y duro, es el mejor de la historia. Pero siempre será un perdedor», resumía Lou Hudson. Pistol terminará su carrera en los Celtics, abandonando en la pretemporada justo el año que lograron el anillo. Pero ya había otra esperanza blanca: Larry Bird. Tras su retirada, se hizo cristiano devoto. Un infarto le sobrevino jugando con una asociación cristiana. Bob Dylan dijo: «Podía jugar a ciegas. La gente se había olvidado de él, pero yo no». La maldición del apellido también persiguió a sus hijos después. Ningún Maravich pudo resolver la ecuación del baloncesto: ¿pasar o tirar? El que averigua la respuesta puede morirse tranquilo.
Cuando Harry Bosch se jubila de la Policía de Los Ángeles su peor opción es pasarse «al otro lado», al lado oscuro de los detectives privados, privados de placa y del respeto de sus compañeros. Si, además, Harry Bosch trabaja para un leguleyo como Mickey Haller, su hermanastro, la cosa se complica. No...
Desde ayer la obra de 363 escritores españoles, entre las que se encuentran las del autor del «Romancero gitano», es de dominio público. ¿Qué quiere decir? Que es de libre reproducción sin tener que pagar derechos a sus herederos.